sábado, 21 de febrero de 2009

sábado, 14 de febrero de 2009

Suicidio en Londres (II)

He decidido que ha llegado mi hora.
Mi tiempo y mi cárcel se marchan con mis ideas y principios. Volarán a donde jamás los podré recuperar. Ni yo. Ni nadie.
He retomado mi trabajo en vano. Mis esperanzas quedan frustradas con cada nueva luz y creo renacer con los crepúsculos y atardeceres. Por eso, sé que hasta aquí llegó mi vida. Nada me hace sonreír, nada me satisface como antes. No hay salvación posible. Os quiero, lo sabéis. Pero también me quiero a mí, y no soporto esta carga de cegadora luz y vitalidad a los que me tengo que enganchar en cada virgen despertar.

He visto la oscuridad suprema, he bailado con la muerte, sus fantasmas y su hoz, he silenciado mi vida y el todo y me ha encantado sentirme en los fondos tristes y decadentes del río Támesis para darme cuenta de lo que anhelaba desde hacia semanas. Sólo huyo, para no sufrir más. Ni en vida, ni en muerte. En el Más Allá se está bien ¿veis? Sois fuertes y alegres. Yo nunca me parecí a nadie de la familia.

Espero comprendáis. No repetiré. No podré hacerlo desde las sombras. Os iluminaré cuando os acordéis de mí. Y os sentiré igualmente cuando no. He decidido despedirme, no solamente por vosotros sino también por mi futuro libro que es éste que tenéis entre las manos.
Añadidle mi final, no cualquiera de otras manos ni mentes. Mi propia vida y mi propio final. Así le percibiréis más mío, más sincero. Como hoy os lo hago recibir.

No me lloréis.
No me enterréis.
No acudáis de nuevo a mi lecho final.

Quemad mi desdichado cuerpo y arrojadme al mar o desde la cima de una prominente montaña. No importa país, tierra o continente. Mar o montaña. Os lo dejo a vuestra elección. Sabéis que siempre fui naturalista y libre.
Sabed disfrutar de la vida, cosa que yo dejé de hacer cuando abandoné Inglaterra.


Sed felices. Os quiere:

Agatha



PD. Papá: dile a George que me perdone y que a mi simple e inconstante manera le quise pero sin enamorarme; igual que yo te perdono a tí por querer unirme y verme casada con un hombre como él, de quien nunca jamás me hubiera enamorado…




FIN

miércoles, 4 de febrero de 2009

25/Jul: Calvor - Portomarín

Abrimos el ojo tempranito y bajamos a Aguiada, donde está la taberna más cercana para desayunar.
La misma señora de la noche -también cenamos allí-, nos atiende estupendamente y hablamos con ella unos minutos para irnos despertando como Dios manda.
La salida del bar desencadenó una anécdota curiosa. Y es que según salíamos, una procesión de vacas lecheras no nos permitía el paso, dado su mayoría, la angostura de la calle y su tamaño claro. Nos tocó esperar a que viniera la mujer responsable de las mismas -que hablaba nada más que gallego, muy cerrado- y en fin, que hasta que no las puso en orden no pudimos salir de la taberna, y de paso continuamos hablando con la camarera, y con la misma mujer dueña del ganado.

La entrada a Sarria se hace pronto y se nota que vamos cuesta abajo, porque excepto el dolor en el pie de Ali, alguna fotillo y los animales y personas que paramos brevemente a saludar, nada nos pone freno.
Al entrar en la ciudad, mucho más grande que el resto por ahora, la primera visita del día la recibe el médico. Después de mandar reposo a Alicia -que por su cabezonería se negó a realizar aunque sólo fuera por ese día-, y medicamentos, pasamos por la farmacia y por un cajero para sacar algo de pasta. Después nos tocó preguntar para salir de la escabechina de calles que se nos cruzó de repente, con todo el mundo iniciando el día que había comenzado en ese mismo momento para la gente de la zona.
Una mujer, entrada en años y de mirada dulce y bondadosa, nos acompañó hasta la siguiente flecha contándonos a su vez historias del Camino, de la ciudad de Sarria y de sus propios habitantes.

Despedimos Sarria visitando el Convento de la Madalena, que contenía en su patio interior una exposición de pintura, y avanzamos, después de cruzar unas vías de tren y unas obras que estropeaban de forma temeraria todo el entorno del lugar, por otro de los maravillosos bosques que Galicia nos regalaba a la vista, y al espíritu.

Paramos a matar el gusanillo en Barbadelo, aldea que prepara la festividad de ese mismo día del Apóstol con gran entusiasmo, y compartimos picnic con un grupo de holandeses. Compramos después unos bocatas en Mercado da Serra, y al pasar A Brea (km.100,5) empezamos a correr como alma que lleva al Diablo hacia el hito kilométrico 100, donde hemos pensado comer hoy. Una vez en el mismo, comemos, hacemos fotografías a la gente, con la gente y viceversa, y nos cantamos unas canciones pachangueras con un grupo de ciclistas que tenían mucha fiesta encima.

Después de todos estos simpáticos minutos y la comida, pasamos Ferreiros donde coincidimos de nuevo con el italiano y la leonesa -qué recuerdos cuando nos preguntaron el significado de Guantanamera...- que conocimos en Calvor, y seguimos disfrutando como nunca antes del Camino, que ya sentimos más nuestro -externa e interiormente- que el resto de jornadas.

Unos kilómetros antes de la llegada a nuestro destino del día, se puso a llover enfurecidamente por unos minutos que parecieron sempiternos, mas mágicos, y me tocaría mojarme puesto que no encontré el chubasquero en el macuto. Tampoco me importó, pues en el Camino la lluvia es un regalo, como todo lo que la Naturaleza es capaz de regalar y transmitir.

Después de eso, de que la lluvia quedase atrás y entablar conversación con un sevillano que hablaba por la radio andaluza de sus experiencias, entramos en Portomarín, para mí uno de los pueblos con más encanto y personalidad del tramo que recorrimos, y cruzamos el río Miño, lugar al que, después de encontrar albergue libre y acomodar los enseres, nos lanzamos sin pensarlo a darnos un chapuzón que sentó como gloria.

Una jornada y día especial donde ya comenzamos a aprender, a conocer y valorar de forma más intimista y personal, en qué consiste una peregrinación.

Fotos:

Calles de Aguiada

Paseando Sarria

Convento de la Madalena, Sarria

Vías del tren

Puente Da Áspera
Entorno gallego, maravilloso
Kilómetro 100 con nuestros bordones

Llegando a Portomarín, sobre el río Miño

lunes, 2 de febrero de 2009

Suicidio en Londres (I)


Y apreciaba la ciudad de la que huía hace poco más de un año. Y los meses no cesaron –encerráronse en sí mismos-, volaron en la dirección equivocada.
A vista de pájaro la vio entonarse a coro. Como correspondía. Como debió hacerlo antes, mucho antes. Londres amanecía, pero ella pendía de un hilo -¡Mary Poppins volaba somnolienta también entre chimeneas!- que cortaba las gélidas lágrimas del pasado y presente.

El suicidio la tentaba. Y no quería admitirlo. Estaba ahí. Era tan débil, tan frágil –no más que antes- que no lo pronunciaría en alto, frente a alguien: “¿Cómo podría sentirse/ser tan estúpida?”.
No tenía valor para hacerlo, pero aquello cuadraba con su plan de huida definitiva mejor que otro nuevo cielo, cualquier país a conocer o tal sonrisa por descubrir. Era Navidad. No creería que se la fuera a echar demasiado en falta. Ni en Reino Unido, ni en Francia, ni mucho menos en España, donde no quedaba más que el incoloro vacío de un gris oculto entre horas inexistentes.

“Jamás abandonarás estas tierras” “No podrás enamorarte de otros mundos”.

Había llegado el momento: decisivo. Su padre no se lo podría perdonar. Pero tampoco podía desperdiciar su vida en manos de alguien –que jamás la querría- desconocido para ella.

¿Qué haría? ¿Qué debía hacer? Las preguntas se asomaban en su cabeza y en sus labios amoratados en fragmentados susurros. Hacía frío entre sus pensamientos, al igual que en el Londres que parecía haberse olvidado de la lluvia, que pertenecía al país de cielos grises eternos...

No tenía fuerzas, ni valor para afrontar sus miedos, su realidad. Estaba depresiva, incapaz de aceptar responsabilidades que la hirieran más o de aceptar cargas por mínimas que fueran. La cima de sus problemas empezaba cada nueva mañana, entre las sábanas que no quería despegar de su pequeño cuerpo, para no ver el mundo que la rodeaba, que la acariciaba cruelmente.

La novela –apenas empezada- descansaba sobre la mesita, donde llevaba más de una semana danzando de un lugar del pequeño estudio a otro sin más preocupación que la de coger el menor polvo posible.

Se había acostado con la soledad, el silencio y la muerte y se había sumido en cuerpo y alma a ellos, con total voluntad (había resultado fácil en su estado). No se había vuelto antisocial como la decían en el barrio español, solo dependía de sus mínimas necesidades para vivir y soñar. No necesitaba la hipocresía como fuente de alimentación –y de morbo-.

Decidió bajar la escalera y protegerse del frío que se le había metido en los huesos, junto con la humedad que siempre se respiraba en la azotea.

La decisión -¡cuánta amargura provocó!- la tomó mientras seguía componiendo el final de su novela no desarrollada.

Llegó al estudio iluminado por la suave luz que proporcionan los mortecinos “¡Buenos Días!” ingleses. Abrió la novela –que no llegaba a tener escritas más de treinta y seis páginas- y añadió con su mejor letra:


(Continuará...)

24/Jul: Fonfría - Calvor

Despertamos en la cálida y acogedora palloza-albergue de Fonfría, y entre hacer unas fotos, colocar los macutos y desayunar, empezamos el pateo sobre las 8:30.
Amanece nublado pero salimos esperanzadas en que tengamos mejor tiempo, con buen ánimo y muchas ganas.

Antes de llegar a Triacastela conocemos a unas chicas italianas, admiramos silenciosas el castaño centenario de Ramil con el que posamos para inmortalizar el momento, y conocemos a un simpático lugareño vendiendo bastones, que nos indica cómo debemos llevar nuestros bordones. Al llegar entramos en la Iglesia de Santiago, cruzando el cementerio que hizo estremecer a mi compañera, y nos sella el párroco que se ve tenía ganas de hablar con nosotras.

Hacemos una parada para comer algo dentro de la marquesina para autobuses, dado que empezó a llover con más ganas, y al salir del pueblo y después de acariciar un pastor alemán tomamos rumbo Sarria por la variante de San Xil. Nada más retomar el Camino, el tiempo nos obligó a usar -y estrenar- por primera vez los chubasqueros dado que no parecía que fuera a dar tregua la lluvia.

Apenas llueve diez minutos -aunque con intensidad-, y enseguida vuelve a brillar un sol radiante que nos deja vislumbrar todo el bosque y la frondosidad que tenemos frente a nosotras. A nuestro lado iban a aparecer parte del grupo de catalanes, bilbaínos, madrileños y hasta una holandesa que conocimos en la subida a O Cebreiro.

Cediendo mi bastón de senderismo sin usar -que no bordón- a Patricia, una chica de Bilbao que acababa de salir de una lesión de rodilla, seguimos avanzando hasta que paramos a comer unos bocatas en una carretera muerta, en medio de risas, chistes y comparaciones entre ciudades españolas con una tonalidad irónica y burlona, nunca ofensiva, que a más de uno nos hace atragantar el bocadillo por la risa que nos provoca. Alicia y yo -después de nombrar la ciudad donde vivimos- quedamos bautizadas por el grupo como "Las Supremas".

Después de comer, y antes que ellos terminarán, nosotras tomamos mínima delantera y seguimos por nuestra cuenta con una alegría como el mismo sol que al principio de la jornada nos intentó dar la espalda. En la aldea de Fontearcuda una buena mujer nos llena la cantimplora de agua fresca en su corral y en Furela hacemos un alto para saludar a Montse, una barcelonesa que conocimos el día anterior a nuestra llegada al albergue de Fonfría.

La intención era llegar a Sarria, pero Ali se queja del tobillo y decidimos acabar la jornada en Calvor, donde antes de que llegáramos nos enamoramos de un pequeño bosque, que parecía estar encantado, que cruza por medio del Camino. Sabia decisión la nuestra pues Alicia tenía el tobillo hinchado y fue lo mejor que pudimos hacer.


Resumen del día:

Iglesia de Fonfría Poco antes de alcanzar Triacastela
En el centenario castaño de Ramil
Iglesia de Santiago y Cementerio de Triacastela Dejamos atrás Triacastela, rumbo San Xil

Camino entre hermosos bosques encantados Aldea de Fontearcuda, donde nos dieron agua Entramos en el término municipal de Sarria

23/Jul: Ambasmestas - Fonfría

Después de una reparadora noche en Das Ánimas, a las 7h en punto el despertador se vuelve protagonista, y nos devuelve a nuestro papel de caminantes.
Ambasmestas es un pueblo pequeño, muy tranquilo, y a esas horas no esperábamos encontrar a nadie, pero al salir del albergue nos topamos con una agradable mujer que llevaba un chiringuito con todo tipo de recuerdos y accesorios para el peregrino. Nosotras le compramos dos bordones ya que aun no disponíamos de ninguno, y fuimos a desayunar al primer bar ya en el pueblo siguiente, Vega de Valcarce.

Empezamos la subida al puerto -que personalmente no se me antojó tan dura como se dice-, y a unos cinco kilómetros antes del último repecho y en un bar del pueblo de Faba, aun en León, donde entramos a sellar y a hacer una pequeña parada, conocemos a una pequeña tropa de madrileños, catalanes, bilbaínos mezclados con un buen rollo y un humor digno de mención.

En algo más de una hora después, alcanzamos la entrada a Galicia, y O Cebreiro nos sirve como inigualable pórtico, anfitrión y estupendo lugar para contemplar las vistas y la maravilla de las tierras gallegas.
Frente a la iglesia, Alicia se compra una camiseta, y yo un colgante de madera con un símbolo celta tallado. Aprovechamos para comer allí y seguir conociendo y charlando con otros peregrinos y con la gente del pueblo. ¡Qué maravilla tener como postre Tarta de Santiago! Cómo se nota la tierra. Y la gente, encantadora.

Salimos de O Cebreiro pasando Liñares y subiendo el Alto de San Roque, donde está el Monumento -enorme- al Peregrino, Hospital Da Condesa, el pequeño Padornelo que nos deleitó con una procesión de gallos, y una fuente que su agua nos supo a gloria bendita, y de nuevo otra subida, ésta más breve pero de fuerte pendiente, para alcanzar el Alto do Poio. Unos pocos kilómetros más y llegamos a Fonfría, donde descansaríamos y conoceríamos a nuestra ciclista favorita, Luisa, y a otra buena tanda de peregrinos, y donde ya las ampollas afloraban en mis pies por doquiér... Alicia siempre se salvaba.


Foticos:

Subiendo el Puerto, con la Dama Luna contemplando

Vacas en la carretera

Río Valcarce

Camino, hermoso sendero...

Panorámica desde O Cebreiro

Iglesia de O Cebreiro

Salida de O Cebreiro

Alicia, a los pies del Monumento al Peregrino, en el Alto de San Roque


22/Jul: Villafranca del Bierzo - Ambasmestas

Recién llegada de París, apuré el reloj y me puse a ordenar todo: el macuto, la ropa -tanto limpia como sucia-, el saco de dormir, las guías y mapas, la bolsa de aseo... En menos de quince horas partiría hacia León con Alicia y no había tiempo que dejar escapar, pues también necesitaba reponer fuerzas y descansar algo después de mi estancia en el país francés.

Quedamos el día después a las 7:30 en su portal, pues el autobús salía desde Méndez Álvaro rumbo León a las 9:00. No sin poder reprimir unas sonrisas al vernos enfundadas con las mochilas, las esterillas y toda la parafernalia que conlleva esto, fuimos rumbo a la estación, donde nos plantamos en menos de una hora. Ya la gente nos miraba con asombro, e incluso la primera charla de la mañana la tuvimos con una mujer y su marido antes de coger el bus, en la misma estación de autobuses.

Tuvimos un viaje a la capital leonesa entretenido y muy simpático. Según llegamos, nos tocó pillar otro autobús dirección Ponferrada, y al bajar, sin llegar a los diez minutos de espera, de nuevo uno más hasta ya por fin, dejarnos donde ansiábamos llegar desde hacía ya una buena parte del día: Villafranca del Bierzo. Nuestro punto de partida en el Camino Francés a Santiago.

Bajamos del bus y sellamos por primera vez la credencial, con la mayor ilusión de ilusiones, en la Oficina de Turismo del pueblo. Y también, primera conversación con peregrinos, que resultó que eran franceses. Paramos a hacer las primeras fotos, a comprar algo y después de comer unos buenos bocadillos, nos calzamos las botas de trekking y sin apenas disfrutar del pueblo -habrá que hacerlo en la siguiente ocasión- empezamos Camino en torno a las 18h.

Pasamos por Pereje y Trabadelo, donde nos sellan por segunda vez en el albergue y dudamos si dormir o no, pero finalmente tras pasar A Portela y de nuestros primeros quince kilómetros andados, pasamos la noche en el albergue Das Ánimas de Ambasmestas, al que llegamos a las 21:15h, con dos peregrinos y una peregrina más.
Al llegar tan tarde, -¡cómo se nota que éramos novatas aun!-, apenas nos da tiempo a picar algo, y sin poder ducharnos ni nada, nos metemos en los sacos a eso de las 22:10h.

Resumen de las primeras fotos:

Villafranca del Bierzo

Salida de Villafranca del Bierzo

Calle Camino de Santiago en Trabadelo

Alicia y yo posando con nuestro amigo Godofredo

Monumento a Santiago en A Portela