Cuenta la leyenda, de la que se ha dado buena cuenta entre peregrinos, historiadores y demás viajeros, que alrededor de principios del siglo XIV, un hombre llamado Juan Santín habitante de Barxamaior, devoto de la iglesia y la eucaristía, subió a Cebreiro para colaborar en la Santa Misa un pésimo y crudo día de invierno entre la nieve y viento.
El clérigo celebrante, de bastante poca fe, infravaloró al campesino y pensó que era cosa de idiotas el subir en un día como aquél al santuario. Pero sucedió entonces que la hostia se transformó en carne, y el vino introducido en el caliz, en sangre.
En el año 1.486 Isabel la Católica, peregrinando a Compostela, regaló dos ampollas de plata y cristal de roca para recordar como se merecen las reliquias, visibles en el presente en una vitrina junto a la patena y al cáliz, piezas originales del siglo XII. Y los protagonistas del milagro, también yacen en la misma iglesia.
El Santo Milagro del Cebrero
ResponderSuprimirPor Luis López Pombo
Aquella estancia de los Reyes Católicos en la segunda quincena del mes de octubre de 1486 ya de regreso por Villafranca, Ponferrada (del 18 al 19 de octubre), El Acebo, El Rabanal, Palacios de Valduerna (donde estuvieron los días 21 al 23 de octubre) y a Benavente, donde llegaron el veintitrés al 28 de octubre de 1486 . Es muy bien aprovechada por el Prior y demás monjes del convento hospital, no hacía mucha falta resaltar las muchas necesidades y penurias por las que pasaban para poder atender a la cada vez más creciente flujo de peregrinos. Además, aun estaba relativamente reciente el Milagro Eucarístico o Santo Milagro do Cebreiro, conocer de primera mano las circunstancias de su realización. A tres kilómetros queda el pueblo de Barxamayor, donde según la tracción era natural José Santín, el devoto y sacrificado paisano, que tan asiduamente, asistía a misa en su parroquia de Cebreiro. Seguro que sus majestades además del Cáliz y la Patena donde se produjo el Milagro también prestarían atención al resto del templo, sus retablos, las imágenes, los dos nichos donde fueron enterrados el fraile poco creyente y el devoto feligrés. El mismo altar donde tuvo lugar la consagración y la conversión de la Hostia en Carne y el Vino en Sangre. En lo sustancial, las numerosas reseñas que desde muy antiguo hablan del Santo Milagro del Cebreiro dicen: “...Cerca de los años mil trescientos había un vecino y vasallo de la casa del Cebrero en un pueblo que dista media legua del llamado Barja Mayor, el cual tenía tanta devoción en el santo sacrificio de la misa, que por ninguna ocupación ni inclemencia de los tiempos recios faltaba de oír misa. Es aquélla tierra combatida por todos los aires, y suele cargar tanta, nieve, que no sólo se toman los caminos, pero se cubren las casas, y el mismo monasterio, iglesia y hospital suelen quedarse afectados; y allá dentro viven con fuego y luces de candelas, porque la del cielo en muchos días no se suele verse, y si la caridad (a quien no pueden matar los fríos ni helos) no tuviese allí entretenidos a los monjes para servir a los pobres, parece imposible apetecerse aquella vivienda. Un día, pues, muy recio y tempestuoso, de hielo y tempestades, rompió por las nieves y como pudo llegó a la iglesia (José Santín de la Casa de Tras do Taro, de Barxamayor). Estaba un clérigo de los capellanes diciendo misa, bien descuidado que en aquel tiempo trabajoso pudiese nadie subir a oír misa. Había consagrado la hostia y el cáliz cuando el hombre llegó, y espantándose cuando lo vio menosprecióle entre sí mismo diciendo “Cuál viene este otro, con una tan gran tempestad y tan fatigado, a ver un poco de pan y vino”. El señor, que en las concavidades de la tierra y en partes escondidas obra sus maravillas, la hizo tan grande en aquella iglesia a esta sazón, que luego la hostia se convirtió en carne y el vino en sangre, queriendo su Majestad abrir los ojos de aquel miserable ministro que había dudado y pagar tan gran devoción como mostró aquel buen hombre viniendo a oír misa con tantas incomodidades. Estuvieron mucho tiempo la hostia vuelta carne en su patena y la sangre en el mismo cáliz donde había acontecido el milagro, hasta que pasando la reina doña Isabel en romería hacía Santiago, y hospedándose en el monasterio del Cebreiro, quiso ver un prodigio tan raro y maravilloso, y dicen que entonces, cuando volvió, mandó poner la carne en una rodomita y la sangre en otra, donde hoy se encuentra... ”